La basílica de San Clemente

La basílica de San Clemente

– Padre, ya llegamos. Saliendo por la primera puerta de la estación, diríjase a la calle Palmas y de ahí siga derecho hasta llegar a la basílica de San Clemente. Dijo el conductor del camión.

– Gracias hijo por las indicaciones, espero verte el domingo en la misa.

Juan había sido enviado a ese pueblo para hacerse cargo del templo. A primera instancia le sorprendió que lo asignaran a él, siendo que tenía muy poco tiempo de haberse ordenado. Sin embargo, el motivo por el que sus compañeros, no aceptaban esa oferta, era porque se escuchaban cuentos de terror reales sobre esa región.

La gente que se cruzó por su camino, solamente se detenía a mirarlo unos segundos, murmuraba en silencio y luego continuaba haciendo sus actividades normales. Esto hizo que Juan sintiera que algo andaba mal.

Luego de una hora de caminar bajo el intenso rayo del sol, finalmente llegó a su destino. En la puerta de la basílica, fue presidido por don Anacleto, el encargado de mantener limpio el lugar.

– Por fin llegó padre, lo estábamos esperando desde ayer en la mañana.

– Sí, tuve que retrasar un día mí salida de la ciudad por motivos personales, pero ya estoy acá.

– Magnífico. Déjeme le muestro el lugar donde va a dormir y además le daré algo de comer, debe tener hambre.

– Gracias y sí, tengo un poco de apetito.

Anacleto le llevó un plato con pan y algo de carne. El filete estaba pasado y del bollo salieron un par de gusanos. Juan esperó a aquel hombre estuviera distraído y se deshizo de los alimentos, vertiéndolos en un basurero.

– Voy a recostarme un poco. Gracias por sus atenciones.

Juan ingresó a su habitación y al levantar las cobijas, vio que por entre las mantas salían diversos insectos rastreros.

– ¡Debo salir de aquí ahora mismo!

El sacerdote tomó sus cosas y emprendió el viaje de regreso, mas fue interceptado por el propio Anacleto quien le dijo:

– ¿A dónde cree que va? Si apenas acaba de llegar.

– Recordé que debo de hacer una cosa muy importante, le prometo que vuelvo por la noche.

-¡Miente!, usted es como nosotros que han llegado a San Clemente.

Anacleto tomó un rifle le disparó a Juan directamente en el corazón matándolo al instante. Después, enterró el cadáver en el panteón municipal y se puso esperar la llegada de un nuevo sacerdote.

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