La Calle del Cura sin Cabeza


La Calle del Cura sin Cabeza, había tomado su nombre, de las habladurías sobre la aparición de un religioso descabezado que se sucedía en aquel lugar. Eran muchos los que evitaban tal camino, y otros tantos que ignoraban las advertencias y cruzaban por ahí muy quitados de la pena. Uno de ellos, que acostumbraba ir y venir trasnochado por esa vereda era el señor Juan Rafael Reyes, un viejo alegre que no dejaba pasar la oportunidad de bebida o baile, aunque fuera en las lejanías.

A pesar de sus años, disfrutaba de pasar la noche en vela entre baile y baile, y amanecerse tomando. Su mujer se lo perdonaba todo, porque era él muy cumplido con sus obligaciones y jamás la dejó vivir penurias. Ese día sábado el señor salió muy temprano, vistiendo sus mejores ropas, iba rumbo a la fiesta de la independencia, no se la perdía nunca, porque solo una vez se celebraba al año y para el siguiente ya podía estar bajo tierra. Esa noche bailó y sorbió copas, tuvo algunos pleitos, pero terminó sano y salvo. Sus amigos lo montaron en su yegua y lo pusieron en camino, la bestiecilla cogió el trote, calle arriba…

Era la madrugada oscura y fría. Mientras el jinete dormitaba, dejando floja la rienda, se dejaba guiar por aquel animal manso, que conocía muy bien el camino a casa. Próximo al recodo de la Calle del Cura sin Cabeza, el adormilado hombre, vio una ermita. Se restregó bien los ojos, porque no tenía memoria de que allí hubiera existido una. Pero para desvanecer sus dudas, replicó una campana llamando a misa. Y como era aquel hombre muy religioso y además tenía deseos de enterarse por sus propios ojos de que no eran visiones ni cosas del otro mundo, se desmontó y entró al templo que estaba iluminado a media luz. Se hincó y cuando alzó la mirada, se dio cuenta de que al padre le faltaba la cabeza. La impresión lo revotó del suelo y salir a carrera veloz. Al pasar bajo el coro, oyó un ruido infernal, que le hizo perder la consciencia.

Lo encontraron tirado en el zacate, sin habla ni razón. – ¡Tenía que ser cosa mala la que vio!-, se decían todos. Cuando por fin pudo contar su vivencia: – Acechanzas del demonio –, concluyeron entonces, el señor Reyes había asistido a sus propios funerales, en castigo de sus pecados. Naturalmente, nunca más volvió a pasar en deshoras por ese camino. Ni él ni otros trasnochadores conocidos, pues era dura la penitencia de asistir a misa y espiar los pecados frente a un descabezado.

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