La momia extraviada

La momia extraviada

Hugo era un reconocido escultor y restaurador de piezas antiguas. Un día su teléfono recibió la llamada de un hombre relacionado con el museo de las momias de Guanajuato.

– Necesitamos que venga para acá, pues algunas de nuestras piezas se han deteriorado mucho y hemos tenido que quitarlas del sitio de exhibición.

– En este momento no puedo, tengo otros compromisos. Pero le prometo que en cuanto yo me desocupe, me comunico con usted y si todavía requieren mis servicios estaré muy contento en ayudarle en lo que quiera. Se lo digo porque soy un ardiente apasionado de los mitos y leyendas mexicanas de los hombres cubiertos por vendas.

– Me temo que no podemos esperar. Si mira por la ventana, se dará cuenta que hay un auto aguardando por usted. Nos hemos comunicado con su anterior jefe y le hemos dado una indemnización monetaria para que le permitiera ir con nosotros.

– ¿Creé que yo soy una mercancía?

– Lo único que creo es que cualquiera tiene un precio y estamos dispuestos a pagarlo. Dígame ¿cuál es el suyo?

– Por fortuna, a mí el dinero no me hace falta. Ahora si ya terminó de hablar, le pido que me permita seguir trabajando en mis asuntos.

– ¡Espere! No cuelgue. Lo que ocurrió es que una momia se escapó del museo y al recuperarla, la gente de la galería le quebró una de sus piernas y no sabemos cómo unirla.

– ¡Me está tomando el pelo! Las momias no tienen vida propia.

– Las de este lugar si, el mito dice que cada 12 años, les es concedido a las momias volver a la tierra por espacio de 15 minutos. Gran parte de ellas permanecen estáticas, dado que sus parientes ya han fallecido. Pero otras, o sea, las más jóvenes sienten deseos de dar una vuelta por la ciudad.

– No sé si sea cierto su historia, pero debo admitir que me encantaría saber más acerca de la momia extraviada. ¡Salgo para Guanajuato ahora mismo!

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