Seis días de aislamiento

Seis días de aislamiento

Se acercaba el día del examen de titulación en la carrera de medicina y Roberto no estaba muy tranquilo al respecto. Había aprendido muchas cosas, pero aún se sentía inseguro, así que como último recurso, decidió pasar una temporada en asilamiento, dedicado únicamente a repasar un poco. Llevando consigo provisiones para seis días, se encerró en los sótanos en desuso del hospital en que estaba interno. Un completo paraíso que había descubierto con sus amigos una noche de guardia. Contaba con cafetería, duchas, área de descanso y diversas salas medicas completamente funcionales, tan solo un poco cubiertas de polvo que no les fue difícil limpiar. Adaptaron el área para sus necesidades sin ser muy evidentes y de vez en cuando se escapaban ahí a descansar o disfrutar.

Posiblemente sus compañeros se molestarían un poco por negarles el acceso, pero necesitaba estar en completa soledad sin distracción alguna, por lo que cerró la única entrada conocida, y se dedicó a lo suyo. Metido en sus libros solo programó alarmas en su reloj para cumplir con sus necesidades básicas y solo por eso se daba cuenta cuando era de noche o de día, ya que hasta ese rincón no llegaba luz natural alguna, tampoco señal que le permitiera estar en comunicación con los de afuera.

Cumplido el tiempo de estudio, salió para presentar su prueba, la luz lo cegó por un momento, pero fue extraño encontrarse con aquel panorama desolado, algo muy extraño para un hospital, donde siempre la gente va de aquí para allá a prisa. Al salir a la calle, la visión era la misma, ni un rastro de gente, sin embargo la ciudad seguía ahí, funcionando de algún modo. Así que el primer impulso fue llamar a alguien, pero nadie respondía al teléfono, fue corriendo hasta su casa, pero estaba vacía, todas las cosas estaban en su lugar, el televisor encendido, simplemente como si las personas se hubieran desvanecido.

Recorrió todos los lugares que conocía, encontrándolos en las mismas condiciones. Cansado de tan infructuosos intentos de encontrar contacto humano, se tiró a media calle, sin miedo alguno, pues los autos seguían ahí, pero nadie los conducía. Mil ideas le daban vuelta por su cabeza, pero entre ellas no encontraba ninguna explicación; se puso de pie para una segunda revisión, y vio una persona descendiendo la pendiente de una calle cercana. Antes de que pudiera ponerse contento al respecto, la chica pasó a su lado a tremenda velocidad como si la vida le fuera en ello, y era así en realidad. Tras ella venia un grupo de gente, cubierta de sangre, moviéndose con dificultad e impregnando el ambiente con un asqueroso olor a muerte.

El chico seguía inmóvil, con una maraña de ideas nublándole el pensamiento, mientras aquella multitud se acercaba a él a distancias peligrosas. De pronto un apretón en su mano lo hizo saltar…

—¿Corremos? —le dijo la chica manteniendo a fuerzas una sonrisa nerviosa, y los pies aun en movimiento.

—Pero… —sin esperar el final de la frase la chica responde—Zombies, o al menos se les parecen mucho, ¿te quedas a comprobarlo?, ¡entonces suelta mi mano, yo me largo!—

—Ven conmigo —le dijo él, y la condujo hasta su sótano, olvidando completamente que esa misma mañana se había marchado de su escondite, dejando la puerta abierta…

Fuente: leyendas cortas de terror

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